Casi ningún colectivo se rompe por falta de compromiso. Se rompe porque su forma de decidir premia justo aquello de lo que se queja: que hablen siempre los mismos, que se acuerde lo que luego no hace nadie, que el trabajo lo sostengan tres personas. Mientras el malestar no tenga nombre ni puntuación, la conversación se convierte en un reparto de culpas.